El frío de aquel día era cada vez más intenso, no sobrepasaba los -5° grados de temperatura y la ropa que llevaban puesta era escasa y muy delgada. Faltaban cerca de dos horas para que la noche los alcanzara.

Carmen y Carlos vivían al final de un extenso bosque, en una pequeña cabaña que tenía un techo que se caía de tan solo mirarlo. Las reservas de comida se habían acabado. Era una fría y oscura tarde de invierno.

—¡Vamos, Carmen! Solo un poco más y volvemos a casa —le dijo Carlos a su hermana, mientras la miraba con tristeza al escuchar cómo sonaba su estómago por el hambre que tenía.

Entretanto caminaban, las hojas y ramas crujían alrededor de ellos. Había espinas y cardos, y una que otra castaña en el suelo y que Carmen, con sus pequeñas manos congeladas, recogía. Mientras tanto, con esperanza pensaba que no dormiría nuevamente con su estómago vacío.

A lo lejos, una criatura feroz los vigilaba sigilosamente.

Detrás de un viejo árbol, una cabaña roñosa y sucia bloqueaba el paso de los niños, y al lado de esta, una mesa hermosamente ornamentada con pan, frutas, pasteles, mermeladas de todos los sabores, miel y los dulces que siempre deseó comer, pero que lastimosamente solo aparecían en sus sueños, burlándose de ella.

—¡Qué maravilla! —exclamó Carmen. Y que pena que se trate nuevamente de un sueño, pensó.

—¿Y si comemos solo un poquito? —Escuchó decir a su hermano. —Pero, ¿de quién será? Dudó.

Y antes que Carlos terminara la frase, un fuerte ruido gutural salió detrás de las sombras de un frondoso árbol, y seguido de este, un grito desesperado como el rugido de un depredador previo a devorar vivo a su presa. Era un oso de más de tres metros de altura, de mal carácter y gruñón. De cabeza gigante y un hocico descomunal con afilados dientes. Tenía ojos rojos; como llamas de fuego. Su pelaje era de color marrón. La bestia salvaje tenía unas largas garras del tamaño del cuerpo de los niños.

¡¿Quién está ahí?! —Preguntó el oso—, mientras se erguía sobre sus dos patas traseras aumentando de estatura.

Los niños, al escuchar el grito, corrieron asustados alcanzando a esconderse en lo que anteriormente había sido una camioneta de turistas, entretanto Carmen, le hacía una leve seña a Carlos para que mirara en el interior del vehículo. Al observar su hermano, entendió lo que Carmen trataba de decir y se percató de la gran cantidad de huesos que había en el lugar, —supuso que llevaban años ahí—, provocando el recuerdo de la prohibición que tenían en el pueblo de acercarse al bosque, porque según decía la gente, —nada equivocados, por supuesto—, que en él vivía un monstruo terrible, que solo era visto por sus víctimas segundos antes de ser devorados y que, por razones obvias, jamás regresaban.

—¡Lo siento, señor oso! —gritó Carlos, haciéndole señas a Carmen para que con cuidado escapara de aquel lugar y regresara a la cabaña—.

—¡Tenemos hambre! Con mi hermana no hemos comido en días y nos encontramos por casualidad con su mesa y pensamos, —¿por qué no comer solo un poco?—, pero no lo hicimos.

Al escuchar la voz del niño, el oso pensó. —Nadie se había atrevido jamás a hablarme así. Todos apenas me ven, huyen—.

—¿Tienes hambre, niño? —preguntó el oso—, gruñendo cada vez menos.

—Sal, por favor, para que pueda verte.

— ¿Qué dices, eh? Rascándose la barbilla—. Y de nuevo pensó, —siempre me roban, luego me disparan y huyen, pero no llegan muy lejos, porque me los como.

El niño pensaba, —me está engañando—. Quiere que salga para devorarme vivo, como lo hizo con los turistas, —que por el tiempo que tenía la camioneta, abandonada y deteriorada, no sabía de qué color era.

En el instante, el oso escuchó unos pequeños pies caminando en dirección a él, era Carmen. Al ver la escena, Carlos lloró de terror, y con su rostro desfigurado por el temor de ver a su hermana acercarse al monstruo, le gritó con todas sus fuerzas, ¡señor oso, por favor, no te comas a mi hermana!

Mientras el oso escuchaba gritar a Carlos, el niño se echó al suelo y perdiendo toda esperanza, se despidió llorando de su hermana sin antes de voceiferle un gran te amo y un silencioso, lo siento mucho. En ese mismo instante, la pequeña niña de ojos tristes comprendió que no se trataba de un sueño, sino del monstruo grande y temible del bosque.

Al escuchar al niño, el oso bajó el volumen de la voz que los hermanos tanto temían y caminando en dirección a Carlos, notó que en su pierna arrastraba un pequeño bulto, era Carmen. Al verla afirmada con tanta fuerza, el oso la tomó con la punta de sus dedos, —tan solo dos dedos— y la puso frente a su gran hocico, —se la comerá, pensó Carlos y cerró sus ojos.

El niño, quién minutos antes se encontraba en el suelo, fue tomado por el oso al igual que a su hermana. A continuación, los sentó en la mesa llena de comida, oliéndolos y examinándolos cuidadosamente.

Al ver tan hermosa escena, el oso se conmovió y fue movido a misericordia y recordó aquellas veces cuando sus padres —de la misma manera que los niños— buscaban comida para alimentarlo cuando era un osezno. Lloró por primera vez y por primera vez dejó de ser gruñón y malhumorado, convirtiéndose en un tierno y adorable oso, prometiéndoles a los niños que sería su amigo y que jamás volverían a pasar hambre y que eran bienvenidos por siempre a sentarse junto a él en su mesa, con una sola condición, que jamás faltasen las risas y los buenos cuentos. 

Los niños con lágrimas, miraron al cielo y dieron gracias a Dios por su gran y temible amigo, tierno y amoroso a la vez y tomados de las manos y de la garra del oso, —sonrieron— y dieron gracias por la comida que tenían sobre la mesa.

El gran oso jamás volvió a pensar en comer humanos, tampoco niños, —huelen muy mal, —dijo. Y nunca más volvió a comer solo en su mesa. Eso lo hacía muy feliz. 

Y desde ese día en adelante, los niños jamás volvieron a pasar hambre ni frío. Al contrario, gracias al oso y a la bondad que nació aquella noche, los niños sobrevivieron, crecieron felices y nunca más se sintieron solos. Porque en las frías y oscuras tardes de invierno, siempre había un lugar cálido junto a su nuevo amigo, parecido a un peluche gigante que los abrigaba y acompañaba fielmente.

Sin embargo, una noche, mientras las fogatas crepitaban suavemente y las risas de los niños se mezclaban con el viento, el enorme oso levantó la cabeza de repente. Sus ojos alertaron la presencia enemiga al fijarse en algún punto lejano, más allá de las montañas cubiertas de nieve. Pensó en todos los niños del pueblo.

Entonces se escuchó un estruendo. Un gruñido profundo y feroz. Después otro. Y otro más.
Los alaridos resonaron a lo lejos, salvajes y amenazantes, como si algo desconocido estuviera despertando en la oscuridad del bosque. Los niños guardaron silencio y se acercaron al oso, abrazándolo. El oso permaneció inmóvil, atento al horizonte.
Nadie sabía qué criaturas producían aquellos terribles rugidos. Pero mientras el gran oso estuviera allí, dispuesto a protegerlos, no tendrían miedo.
Aun así, aquella noche todos comprendieron que, más allá de la luz de las fogatas, los abrazos y la protección que el gran amigo les brindaba, nuevas amenazas ya avanzaban entre las sombras, acechándolos, pero ellos ya sabían qué hacer.

Osvaldinus
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