El puente de la película El Pianista. Esquina Chlodna con Zelazna
Esta foto la tomé en Varsovia. Esquina Chlodna con Zelazna.
Los libros nos permiten conocer y viajar donde queramos.
Recuerdo que en uno de los primeros tour que hice en la ciudad de Varsovia, caminaba cerca de la guía turística para no perderme ningún detalle de lo que relataba, escuchaba con atención las historias de la ciudad y de cómo ésta sufrió desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial, algunas de estas historias ya las conocía, lo que me motivaba a poner mayor atención. Mientras caminábamos por la calle Zelazna, nos dice de repente, ¡aquí es!, hasta ese momento no sabía a qué se refería ni a dónde nos llevaba, pero cuando nos dio indicaciones para que dobláramos a la derecha con precaución, por el tráfico vehicular, leí que la calle se llamaba Chlodna, y vi lo que jamás pensé ver, el monumento al puente que conectaba el gueto grande del pequeño y que la película, El Pianista muestra en una de sus escenas con bastante claridad. Fue muy conmovedor y pensé en las victimas, en los pequeños inocentes, los que siempre pierden en cualquier bando y guerra, en los niños. Experimenté sentimientos de desolación, tristeza, miedo, pero también de odio. Es increíble como este último está a flor de piel en el ser humano, en cualquiera de nosotros, no importando estatus social, educación, formación familiar e incluso religión.
Me detuve a pensar en la multitud de almas que sufrieron el terror de la guerra, desde las mujeres embarazadas, niños, adultos, hasta los ancianos en sus últimos días de vida y que fueron llevados contra su voluntad y encerrados en guetos, deportados a campos de exterminio, privados del mundo exterior, pero también de su dignidad, de su vida y de su condición como seres humanos.
Escribo por ellos, por los niños de la guerra, por todas sus victimas, para no olvidar sus pequeños rostros.
Dios quiera que jamás se vuelva a repetir. Aunque no tengo el concepto griego de que la historia es cíclica, sin embargo, pienso que no hemos aprendido nada. Mientras no nos apropiemos de lo que Cristo dijo, amaos los unos a los otros, el odio continuará acechándonos cada vez más.
Como diría Edgar Allan Poe, en su cuento, Metzengerstein, “El horror y la fatalidad han estado al acecho en todas las edades”.
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