Una criatura peculiar
En el taller de escritura creativa, el profesor hablaba con una calma que contrastaba con la inquietud que sembraban sus palabras.
—Existen personajes bastante peculiares y patéticos —dijo, paseándose entre los asientos de los futuros escritores—. Y no me refiero a Claire Densmore…
Los estudiantes se miraron entre sí. La mención de aquella niña con una boca oculta en la nuca siempre provocaba un escalofrío colectivo. Pero el profesor negó suavemente con la cabeza.
—No. Hablo de otras criaturas… con dientes igual de afilados, aunque invisibles. Rostros comunes, insignificantes… pero por dentro, tan oscuros como el inframundo.
Carmen levantó la mano, inquieta.
—Profesor… ¿entonces los monstruos existen de verdad?
Las risas no tardaron, pero murieron al instante bajo la mirada firme del docente. Carmen no era de las que se dejaban intimidar fácilmente; su historia en los recreos lo confirmaba.
El profesor respondió con paciencia, guardó silencio unos segundos y luego dijo:
—Los monstruos han sido descritos durante siglos para representar el mal humano. Nunca he visto un espectro o algo parecido… pero sí personas cuyas acciones encajan perfectamente en esa definición.
—Hay un escritor, Stephen King, que lo expresó mejor que nadie: “Los monstruos son reales, y los fantasmas también lo son. Viven dentro de nosotros, y a veces ganan”.
El aula quedó en silencio. La cita del escritor los habían dejado sin habla.
—Estas criaturas —continuó— crean realidades falsas. Mienten tanto que terminan habitando sus propias ilusiones. Son mitómanos, difamadores, “yoístas”. Viven convencidos de ser importantes, aunque estén profundamente solos. Y jamás dejan de hacer daño. Son seres oscuros, enfermos en su esencia, que contaminan a otros, cuyas mentiras jamás reconocerán.
Son un peligro para la sociedad.
Carmen bajó la mirada. Esta vez no sintió miedo… sino comprensión. Porque entendió que los verdaderos monstruos no se esconden en la oscuridad, sino detrás de sonrisas cotidianas.
—¡Jóvenes! Por la hora que es, continuaremos la clase la próxima semana con la lectura del libro, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, de Ransom Riggs.
—¡Buuu, qué triste! —dijo Carlos.
—¡Nooo, qué fome! —espetó Cintia, sin ocultar su descontento.
Ninguno quería que la clase terminara.
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