Hay momentos en la vida en que salir vale más que llegar. Agarrar la mochila y lanzarse a lo desconocido no es solo caminar, es una determinación que te impele. Ayer fue el cerro y mañana, quizá otro destino. Dejar atrás el ruido de la ciudad y esas seguridades que a veces pesan más de la cuenta —que nos desgastan cuando no era necesario— empacar la mochila, es la mejor decisión que podamos tomar.

El viaje comienza mucho antes de subir al tren; inicia cuando sientes ese tirón interno que te pide aire, espacio y un poco de sentido. Incluso cuando armas la mochila y echas cosas de más, eso también es parte del viaje.

La radio, la cocinilla pequeña, la tetera, y esas ricas sopas para disfrutar en la noche fría. La carpa y el saco que nos protegen en la penumbra, solo nos evidencia lo fugaces y débiles que somos. Aunque digamos lo contrario. 

Respecto al viaje, se nos olvida que la calma no está afuera, sino en saber parar un rato. La naturaleza no es solo un lugar al que vas, es como un espejo: te obliga a mirar con más calma, a pensar, a separar lo bueno de lo malo. Lo falso de lo verdadero. Y es ahí, lejos de todo, donde uno vuelve a lo esencial… la tierra, el agua estancada, las pisadas con barro, los animales alrededor, el cántico de los pájaros en la aurora, dando inicio a un nuevo día. Un libro, la creación de un cuento. Una vida simple, con quién ame lo mismo, donde pueda respirar aire limpio, tranquilo y meditar.

Y en esa fe sencilla —esa de creer que todo va a salir bien— hay algo bien profundo: no hace falta tenerlo todo para ser feliz ni bajo control para estar en paz. A veces solo hay que seguir, paso a paso, confiando en que el camino también te está buscando… y saber que algo bueno te espera al final… y es en esa certeza de lo que podría suceder, que ya es hora de preparar nuevamente la mochila, cargar las baterías de mis radios y comenzar de nuevo, pero esta vez, no solo hacia un lugar, sino hacia uno mismo.

 

Osvaldinus
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