Lord Huron, el pequeño viajero y la noche donde se conocieron

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Te quiero mucho —le susurró al oído mientras lo abrazaba. El pequeño hurón la escuchó con amor y timidez, como si esas palabras fueran demasiado grandes para su diminuto pecho.

Ella lo miró con calma, la misma que tuvo el día que dejó caer las flores sobre su nombre y pensó para sí, clamando al cielo, he estado buscando un camino para seguir nuevamente. Llévame de vuelta a la noche en que nos conocimos para saber qué hacer.

Desde entonces, el mundo se volvió más silencioso. Los caminos se alargaron, las noches pesaron más, y las estrellas parecían observar sin responder. Fue en una de esas noches cuando todo comenzó, o tal vez, cuando todo volvió a empezar.

“Soy el único viajero que queda” —repitió él con voz alta, casi desafiando a la oscuridad. 

La melancólica hurona lo escuchó en silencio, y escondida entre recuerdos, clamó nuevamente: Llévame de vuelta a la noche en que nos conocimos. —Había estado buscando un camino. Uno que no la llevara hacia el vacío, sino hacia atrás… hacia ese instante donde todo aún era posible. La dulce hurona no aceptaba la pérdida. No podía e insistía en que la llevara de vuelta a la noche donde se conocieron. He tenido todo de ti —pensó— y ahora no estás.

Esa noche, con el corazón temblando, alzó la mirada y rogó por última vez. No a una estrella en particular, sino a todas. Al cielo entero. Al tiempo mismo.

Y el cielo respondió. Y el tiempo levantó su mirada. Las luces del cosmos vibraron suavemente, como si alguien hubiera afinado una cuerda invisible y mágica. El aire cambió. El mundo se plegó sobre sí mismo, como una página que se vuelve a leer. Como quien lee un cuento una y otra vez.

Y entonces… se le concedió su deseo. Fue llevada de vuelta a la noche en que se conocieron por primera vez y recién ahí, supo qué hacer.

Llevaba una radio en el bolsillo el día en que lo conoció. Era una radio vieja, con las pilas deterioradas y corroídas por el tiempo. Con una única frecuencia. Nadie habría apostado por ella. Nadie, excepto él. La pequeña hurona sostuvo la radio entre sus patas, sintiendo el peso de algo más que metal: esperanza. Y conoció que esa radio era especial, era el medio para volver atrás.

Ella no dijo nada al principio. E hizo la prueba. Sorprendida. Solo lo observó, como quien teme que un parpadeo lo borre todo. No lo podía creer, estaba sentada junto a él, en una plaza, en aquella banca frente a una desolada cancha de baby fútbol. Había viajado en el tiempo. Había regresado a la noche donde se conocieron.

Luego sonrió. Y le dijo —Te quiero mucho —susurró nuevamente al oído. Y esta vez, el pequeño hurón no dudó y la abrazó.

Porque incluso en un universo que olvida, pensó la hurona, hay frecuencias que nunca dejan de encontrarse. Y fue ahí, en ese último suspiro que recordó, y que, para sorpresa y pesar de ella, fue impelida nuevamente hacia el futuro, al presente, al cual jamás por iniciativa propia hubiera querido regresar.

Te quiero mucho —le susurró al oído. El pequeño hurón la escuchó con amor y timidez, como si esas palabras fueran demasiado grandes para su diminuto pecho. Él asintió.

Ella lo miró con calma, la misma que la caracterizaba y que tuvo el día que dejó caer las flores sobre su tumba. Pero a diferencia de ese día, algo distinto pasó, gritó con rebeldía: ¡Qué diablos se supone que debo hacer! ¡No sé qué se supone que debo hacer! La aldea también lloró su partida. Y como por arte de magia, recordó: “La radio es el medio para regresar al pasado, donde él, de pie, espera mi regreso”. Y se apresuró a encenderla. Entretanto, a lo lejos, la música de Elvis Presley, Can’t Help Falling In Love, sonaba cada vez más dulce, anunciando su reencuentro.

 

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