Aquellas voces
Alrededor de las tres de la madrugada sonó el despertador de su teléfono. Al levantarse bruscamente, extrañado por el horario de la alarma, le llamó la atención una luz y un sonido ensordecedor que emanaban desde el living de su casa, acompañado de unas débiles e ininteligibles voces a la distancia.
Al acercarse sigilosamente y con desconfianza a aquel destello, se halló repentinamente caminando solo en medio del parque central que queda al lado del microbarrio donde vive. Se sintió extraño y confundido por encontrarse alejado de su familia, la cual creía que estaba durmiendo, al igual que él.
Al percibir su aspecto cansado, sus pies descalzos y su cuerpo frío, notó que el lugar ya no era él mismo: había cambiado drásticamente, transformándose paulatinamente en un lugar lúgubre, húmedo y abandonado, cubierto de espesas tinieblas. Las voces de sus hijos, llamándole, se oían a lo lejos, cada vez más tenues.

Esta vez no se encontraba solo, sino acompañado de su esposa, quien le preguntaba si estaba bien. Asintió para no preocuparla innecesariamente, pero, ni él comprendía cómo se sentía, por lo que, se apresuró a responder que todo marchaba bien. Sin embargo, el quehacer diario, sumado a las preocupaciones cotidianas de su familia y al encierro provocado por la pandemia —que ya creía superada—, lo tenían bastante agotado y malhumorado.
La luz, el ruido y las voces seguían siendo un misterio para él. No entendía cómo, de un momento a otro, podía estar en dirección a aquella enigmática energía y, al segundo siguiente, encontrarse caminando en un lugar totalmente distinto. No lograba escuchar ni ver a sus hijos, lo que le angustiaba y preocupaba cada vez más. Solo su esposa se hallaba a su lado, pero esta vez estaba callada, sujetando fuertemente su mano.

En tanto caminaba sin ningún destino aparente, sus pensamientos se aclararon y pensó, por un momento, en todas las restricciones que las autoridades les habían impuesto bajo esa nueva modalidad de vida que llevaban durante largos y cansadores años, una modalidad que se veía menoscabada no solo en lo laboral y económico, sino también en lo familiar y social.
Era claro que sus vidas jamás volverían a ser las mismas, —pensó—, y por mucho tiempo se había negado a aceptar esa dura realidad. Debido a ello, y haciendo caso omiso a las restricciones impuestas por el gobierno y sin importarle las súplicas de su familia, salía de casa cada vez que podía.
Mientras cavilaba acerca de lo que le estaba ocurriendo y de lo que ha significado ese tiempo de distancia, angustia y desesperación, volvió a oír, a tan solo unos pocos metros de él, las voces angustiantes de sus pequeños hijos, que con todas sus fuerzas lo llamaban entre gritos y llantos: ¡Papá! ¡Papá! Afectando su cordura. Gritos que se alejaban cada vez más, siendo reemplazados por voces desconocidas y distantes e intensos chillidos acompañados de un fuerte hedor que se ocultaba completamente en la oscuridad y en el vacío de aquel enorme salón, que crecía y se expandía dejando al descubierto sombras que le acechaban y siluetas a su alrededor. Maldiciendo.
En ese momento, la mano de su mujer dejó de existir. Solo quedaron las tinieblas, densas, cerrándose sobre el junto a un vacío cargado de remordimiento y abandono. La soledad tenía peso. A lo lejos, en otra habitación, un hombre lloraba y suplicaba a su amigo que despertara del coma… mencionaba, entre quiebres, un disco que aún no habían terminado.

El ruido de los monitores de signos vitales le hacía dudar del lugar donde se encontraba cuando, de forma repentina, cayeron sobre su pecho unas manos largas y huesudas que le golpeaban, mientras voces desde la penumbra gritaban: ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Ahora! Seguidas de: ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Lo perdemos! ¡No reacciona! ¡No reacciona!, junto a saltos y convulsiones descontroladas en la sala de reanimación.
De manera inesperada, le envolvió aquella intensa, nauseabunda y sofocante luz —la misma que creyó haber visto antes—, y recién entonces comprendió dónde estaba… y, a lo lejos, el sonido del último pitido del monitor y la voz del doctor de turno que decía: «Hora de defunción: las 03:00 de la mañana», mientras su alma se desprendía del cuerpo, vaciándose.
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