Desde que sus padres se separaron, Nicolás dejó de ser el niño risueño que todos conocían. En la escuela respondía con enojo, en casa cerraba las puertas con fuerza y guardaba silencios que pesaban más que las palabras. Nadie veía que, detrás de su rebeldía, solo había un corazón roto que pedía ser escuchado. Una noche, la madre de su mejor amigo lo vio sentado en la cuneta de la calle. Era una noche fría, y la ropa del niño era bastante delgada. Entonces, se sentó a su lado y lo escuchó sin interrumpir. Nicolás lloró, habló y por fin se sintió visto. Con el tiempo, entendió que el dolor no se vence escondiéndolo, sino nombrándolo. Porque a veces, la rebeldía de un niño es un grito. Un grito de auxilio.

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