La noche en que volvió
Bajo la lluvia gris de la noche, Alberto Cifuentes deambulaba solo por las calles vacías, con nostalgia por haber recibido una nueva mala noticia.
Caminaba por las calles de su infancia, con el abrigo empapado y la mirada perdida en los charcos que reflejaban tristeza, tal como su corazón.
“Chuteaba” una que otra piedra, esperando que estas destruyeran de una vez y para siempre su mala racha. Injusta, por cierto. Pero sabía que eso jamás sucedería. ¿Por qué de nuevo? —Pensaba. Y meditaba para sus adentros.
Cada gota parecía traerle un nuevo recuerdo: la risa de su infancia, la voz de su padre llamándolo desde la puerta, el olor a tierra mojada del patio donde solía jugar. La nostalgia le pesaba más que la ropa mojada. La lluvia se camuflaba con sus lágrimas. Su corazón latía con intensidad, pero con mucho dolor al mismo tiempo.
Caminó sin rumbo hasta llegar a la vieja casa donde había crecido. Todo estaba oscuro y silencioso. Se detuvo frente al portón oxidado, sintiendo un nudo en la garganta. Habían pasado años desde la última vez que estuvo allí.
Entonces levantó la vista y vio una silueta en la ventana. Su corazón se detuvo. Era la figura de una mujer observándolo en silencio. Su corazón se agitó.
Con manos temblorosas abrió la puerta y entró. La casa estaba vacía, cubierta de polvo y abandono. No había nadie.
Al apartarse lentamente del espejo, una figura emergió desde la oscuridad del pasillo. Era un anciano de rostro cansado, —de otro tiempo—, alto y delgado, cubierto por un abrigo húmedo, que sin pronunciar palabra extendió su mano temblorosa hacia Alberto. Entre sus dedos sostenía un papel roñoso, como cortado a la rápida desde una pequeña libreta de notas.
Amarillento por el tiempo y doblado en las esquinas. Al abrirlo, Alberto descubrió, con un sobresalto silencioso, que era el papel que había perdido hacía años, se sintió feliz como nunca antes, a pesar de las malas noticias, el alma pareció volverle al cuerpo. Era una lista de canciones escritas a mano: ocho melodías antiguas, aquellas que alguna vez marcaron los días más felices de su vida. Cada título parecía un eco del pasado, una puerta hacia recuerdos que creía enterrados.
—Era su letra. —Pensó.
El anciano apuntó hacia el fondo de la casa, desvaneciéndose en la oscuridad.
Sintió entonces que no era solo un papel, sino la memoria misma de su alma hablándole desde la tristeza de la noche.
De pronto, sintió otra presencia. Un escalofrío le recorrió la espalda. Era ella. De pie al final del pasillo. Le sonrió.

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