Cada noche en la pequeña iglesia del barrio San Miguel, las velas temblaban sin viento. Don Ernesto, el sacristán, juraba escuchar risitas detrás del altar. Una madrugada decidió quedarse. A la medianoche salieron de entre los bancos tres duendes pequeñitos, con sombreros verdes y ojos como brasas, pero juguetones. No venían a asustar: robaban penas, liberando al pueblo de su tristeza y dolor. Tomaban en sus manos arrugadas la aflicción de los vecinos y la guardaban en frascos de vidrio. Al amanecer la iglesia brillaba en paz. Pero una mañana uno de los frascos se rompió y el barrio despertó con un miedo inexplicable. Desde entonces, los duendes rezan primero, mientras los vecinos, incapaces de reconocer sus propias culpas, los señalan a ellos como los causantes de los males que, en realidad, siempre les pertenecieron al pueblo. 

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