El terminal de buses estaba lleno. Las olas del mar habían quedado atrás.  

El día estaba cálido, a diferencia del frío de la noche anterior.

Ignacio llevaba algunos minutos esperando el bus que lo llevaría de vuelta a la capital. Se había arrancado del estrés de la ciudad con el fin de descansar. No funcionó.

En su mochila tenía una bolsa de pan de molde y una botella de bebida helada recién comprada.

Cerca de los andenes vio a un vagabundo caminar de un lado a otro, sin un lugar donde asentar su cuerpo. Le llamó la atención. Tenía la mirada perdida y las manos escondidas entre las mangas rotas. Su ropa sucia hablaba por sí misma. También el olor a orina. No pidió nada. Solo observaba a la gente pasar como quien ya no espera ser visto. 

Ignacio se acercó lentamente y le extendió el pan y la bebida. El hombre levantó la vista y asintió en silencio, aferrando la comida contra su pecho.

Ignacio se sentó junto a él. Comprendió entonces que ambos compartían algo más profundo que el hambre: esa sensación amarga de no tener realmente un lugar donde reposar la cabeza. Entretanto pensaba en aquello, el hombre de la calle extendió su mano, tocó su hombro y le dijo, gracias Ignacio y desapareció entre la multitud.


No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.

Osvaldinus
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