El barrio de Las Sombras no hacía honor a su nombre cuando estabas en la casa de la abuela Rosa. Afuera, las sirenas sonaban casi todas las noches y las calles pertenecían a los que daban miedo. Pero adentro, olía a pan amasado y a esperanza.

Susana y Eduardo solían mirar por la ventana, asustados por los gritos de la esquina.

—No miren la oscuridad, hijitos —decía la abuela, entregándoles lápices y cuadernos usados—. Dibujen la luz que quieren ver y llenen sus hojas de colores.

Mientras el barrio se hundía en la delincuencia, la mesa de la abuela se convirtió en una trinchera de colores y letras. Ella les enseñó a escribir y leer, a soñar y a jamás rendirse. Cada tarde, tras vender el pan que amasaban juntos, guardaban unas monedas en un frasco de vidrio, que a fin de mes abrían para comprar galletas.

Los años pasaron. Las sirenas nunca se apagaron, pero los niños dejaron de escucharlas. Hoy, Susana y Eduardo son terapeutas ocupacionales y volvieron al barrio, no para esconderse, sino para abrir un centro de ayuda infantil en su antigua casa.

Aunque la abuela Rosa ya no está, su frasco de vidrio permanece en la casa, ahora rebosante de lápices. La recuerdan cada día con inmenso cariño, convencidos de que, gracias a mujeres como ella, se escriben las verdaderas historias de amor y, aunque las sombras puedan continuar, la luz en las tinieblas resplandece.

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