El Tren de Medianoche
Llevaba noches enteras atrapado en el mismo bucle: tal vez influenciado por la abrumadora cantidad de información que rondaba mi mente —mi obsesión por los libros de viajes en el tiempo y física cuántica.
La estación de tren donde nos dijimos adiós parecía congelada y suspendida en el aire. La gente a mi alrededor caminaba sin estrés, ajena al dolor. Parecían sonámbulos. A lo lejos vislumbré una pareja comprando boletos; la mujer lloraba mientras señalaba su destino. Entre la neblina densa, su silueta avanzaba despacio, luciendo exactamente igual que el día en que partió. Intenté correr hacia ella, pero mis piernas pesaban toneladas. Unas manos de mujer, pero desfiguradas impedían mi marcha. Me aferré a los pilares para avanzar con dificultad, mientras el aire se volvía sofocante. A la distancia, un hombre alto de ropa blanca, me saludaba como si me conociera de años.
Sabía que era un sueño, y aun así dolía. Desperté de golpe, llorando, con el corazón latiendo desbocado por la angustia.
Suspiré aliviado al creer que había vuelto a la realidad, cerré los ojos de nuevo y me dejé vencer por el cansancio.
El alivio duró poco. Caí de inmediato en otra etapa del sueño.
Esta vez, la estación había desaparecido y nos encontrábamos bajo la luz ámbar de unos faroles. Logré acortar la distancia; su rostro se perfiló con claridad y una cálida sonrisa iluminó sus facciones. Extendí mis manos temblorosas para rozar su piel, desesperado por comprobar que no era solo un espejismo de mi memoria.
Justo antes de tocarla, ella se desvaneció en una suave brisa, intentando pronunciar palabras con su mirada.
Desperté sobresaltado por segunda vez, gritando su nombre en la oscuridad, con las lágrimas empapando mi rostro. Pero al girarme en la cama, buscando desesperadamente el borde de las sábanas, sentí un detalle que me paralizó: una mano cálida y pequeña acarició tiernamente mi mejilla.
—Ya pasó, papá, estoy aquí —escuché su voz a mi lado.
El alivio fue instantáneo. Abrí los ojos, acostumbrándome a la penumbra, y allí estaba mi hija, sentada al borde de la cama, mirándome con una compasión impropia de su edad, recordándome en silencio que, aunque todo estuviera perdido, ella seguía a mi lado.
La abracé con fuerza, agradecido por tenerla. El sueño había sido horrible, pero la realidad, aunque triste, era tangible.
—Perdóname, mi amor, papá tuvo una pesadilla muy fea —susurré en su oído.
—Lo sé, papá.
Me separé un poco para ver su rostro. Sus ojos, fijos en los míos, tenían una profundidad vacía, como si miraran a través de mí. No tenía sentido. Sentí el terror de la verdad.
—Papá —dijo ella, con una voz que de repente sonó metálica, lejana, distorsionada y con estática—. Tienes que despertar. Esto ya no es un sueño. ¡Papá, despierta!
La habitación comenzó a vibrar. Las paredes se disolvieron y difuminaron en píxeles de luz opaca, y la figura de mi hija se deshizo en una densa neblina blanca y extraña. Su voz cambió drásticamente y el calor de sus manos se tornó en un frío abismal.
Grité, pero no tenía voz.
Sentí un tirón visceral, un cambio de presión atmosférica insoportable; comencé a ahogarme y, de repente, el peso en mis piernas regresó. Abrí los ojos lentamente. Estaba de pie en el andén de la estación donde todo comenzó. Mis manos estaban apoyadas sobre los pilares, tratando de avanzar hacia la mujer con ropas teñidas de falsedad.. Mi hija ya no estaba a mi lado.
A lo lejos, la silueta de la mujer avanzaba despacio hacia el tren, tomada de la mano de mi hija. Y justo enfrente mío, en el otro andén, un ser de otra dimensión, espeso, demoníaco y con una sonrisa siniestra, me miraba con atención.
Entretanto, mi hija me hablaba en mis pensamientos: —Papá, ella escogió su destino e hizo todo lo posible con amenazas, para destruirte. Sal de ahí.
La niña giró lentamente la cabeza hacia mí y me dedicó una sonrisa lúgubre y triste, sabiendo algo que él desconocía. Tenía en sus pequeñas manos una caja de medicamentos.
No era un sueño. Era algo más. La estación se desvaneció en destellos de luz dorada.
Esta vez fue diferente. No estaba en la oscuridad. El sol de la mañana se colaba por las persianas de mi habitación, dibujando franjas de luz sobre la ropa de cama. El aire olía a café recién hecho y a tostadas. Parecía estar en un hospital.
El terror de la estación se evaporó, reemplazado por una calma abrumadora.
—¡Papá! —escuché el grito, lleno de vida y alegría, proveniente de la cocina—. ¡El desayuno está listo!
Me incorporé, todavía temblando un poco, pero con el corazón latiendo con un ritmo nuevo, un ritmo de vida. Me levanté de la cama y caminé hacia la cocina.
Allí estaba ella. Mi hija, de diez años, estaba de pie en una silla de colores, intentando voltear un panqueque con una espátula demasiado grande para su mano. Al verme, me dedicó una sonrisa radiante, llena de alegría y amor.
—Buenos días, dormilón —dijo la mujer, apareciendo de repente—. Soñé que estabas en una estación de tren, fue bastante extraño, pero ya estás de vuelta. Preparé tu café. El que siempre me convidabas. Ven, que no se te enfríe.
—Sí, —dije, apretándola contra mí, sintiendo el calor de su cuerpo como la prueba más contundente de la realidad—. Pero a la vez sobresaltado, ya que desconocía quien era esa mujer y lo que me dijo: “Soñé que estabas en una estación de tren, fue bastante extraño, pero ya estás de vuelta. ..”
—Ya estoy aquí, le dije, algo preocupado. Y no me voy a ir a ninguna parte—. Dudé.
En ese instante, lo entendí. Los libros, la física cuántica, el bucle… todo había sido una manifestación de mi mente, un sueño, una pesadilla, por años de lectura.
El recuerdo de la estación se convirtió en eso: solo un recuerdo extraño, un mal sueño del que finalmente había despertado.
El timbre de la puerta sonó repentinamente:
—Yo voy —dije.
Al abrir, vi al doctor Gutiérrez, quien me saludó con un guiño cómplice. Sentí un frío repentino en las manos cuando me entregó la pequeña taza con mi medicación, dándome la bienvenida.
Al girar lentamente la cabeza para buscar a mi hija en el living, la silla llena de colores ya no estaba. Se había desvanecido. En su lugar, solo quedaba una habitación fría y estéril, una camilla de metal y, sobre ella, una camisa de fuerza sudorienta y maloliente que me esperaba burlándose, como si tuviera vida propia. Y en la pared, una pintura de Paul Delvaux, titulada “El tren de medianoche”. Y en el interior de la taza, al lado de la pastilla, reposaba un pequeño papel con un mensaje que decía: «Aléjate lo antes posible. Desconéctate. Es tiempo de regresar». Entretanto, el doctor Gutiérrez me guiaba con una leve sonrisa hacia la puerta de salida, aliviado.
Confuso, le devolví el gesto en señal de agradecimiento. Tomé la pastilla y logré recordar, lloré de la emoción. Me disolví en la confusión mientras corría por el pasillo sin mirar atrás, directo hacia la máquina del tiempo. Apreté el botón de encendido con los dedos temblorosos justo cuando una de aquellas manos frías y desfiguradas rozó la tela de mi chaqueta. Un destello cegador me arrancó de allí, desgarrando el tejido de la realidad. El aire frío de mi época me golpeó el rostro al abrir la escotilla. Caí de rodillas sobre el suelo conocido de mi laboratorio, a salvo, respirando con desesperación. Todo había terminado. O eso creí.
Al levantar la vista, ya en mi mundo, vi sobre la mesa de control una taza idéntica a la del hospital, con una nueva y pequeña pastilla blanca y un papel doblado en su interior. Con el corazón en pausa, lo desdoblé y pude identificar mi propia letra escrita con un temblor que jamás había sentido y que la vez anterior no había leído: «Has logrado escapar. Bienvenido a casa».
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