En el pequeño bosque de hojas terciopelo, vivían tres compañeros de escuela: Carlos el chanchito, Laura la tortuga y Beatriz, una pequeña liebre de cuerpo delgado y patas temblorosas. A Beatriz le gustaba usar una delicada flor amarilla en su pelo. 

Cada mañana, Carlos y Laura se reían de Beatriz. Le decían que era demasiado flaca y débil para correr. Demasiado torpe. No la empujaban. Sus palabras lo hacían. Eran piedras invisibles que caían sobre el corazón de Beatriz. Lanzándola cada vez más al abismo. Ella sonreía en silencio, —como obligada— aunque por dentro se sentía cada vez más pequeña. Cada vez más insignificante.

Un día, la profesora anunció una carrera en el bosque. La euforia de los niños se escuchó. Beatriz no se inscribió. Carlos y Laura se rieron otra vez, sin notar que Beatriz bajó la mirada con tristeza profunda. Había tomado una decisión.

Pasaron los días, y Beatriz dejó de ir a clases.

Fue entonces cuando Carlos y Laura sintieron un vacío extraño. Tal vez era su conciencia. La culpa o, simplemente no tenían a quién molestar. Nadie ocupaba el lugar de Beatriz, nadie les sonreía con timidez. Comprendieron, bastante tarde, que sus palabras habían herido más de lo que imaginaban.

Salieron a buscarla, arrepentidos, pero el bosque era grande y silencioso. El bosque solo observó.

Desde entonces, aprendieron que la amistad no se trata de reírse de otros, sino de cuidarlos. Pero ese aprendizaje llegó demasiado tarde, cuando ya no podían pedir perdón, porque Beatriz, jamás volvió. 

Osvaldinus
Últimas entradas de Osvaldinus (ver todo)