—Si pudieras ser un animal, ¿cuál serías?
—Un ave —respondió Juan.
—¿Por qué razón? —le preguntó su tía.
—Porque podría huir lejos para no continuar escuchando los gritos de mis padres cada vez que pelean.

Su tía guardó silencio. Afuera, el viento movía suavemente las hojas, como si el mundo quisiera hablar en un idioma más tranquilo. Juan miró por la ventana y vio un pájaro posarse en un cable. No parecía asustado, ni triste. Solo estaba ahí, libre.

—¿Y a dónde volarías? —insistió ella con voz suave.
—A un lugar donde nadie grite —dijo Juan—. Donde las noches sean silenciosas.

Esa tarde, su tía lo llevó a caminar. No fueron lejos, pero el aire se sentía distinto. Juan respiró profundo, como si por primera vez pudiera llenar sus pulmones sin miedo. El mismo pájaro pasó volando sobre ellos.

—Quizás no necesitas alas para escapar —dijo ella—. A veces basta con encontrar un lugar donde puedas ser tú.

Juan no respondió, pero sus ojos siguieron al ave hasta que desapareció en el cielo. Y, por un momento, sintió que algo dentro de él también aprendía a volar.

Osvaldinus
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