En una noche lúgubre, húmeda, donde la densidad parecía pensar por sí sola, un hombre caminaba sin rumbo. No huía de nadie, pero sí de algo: de la incomodidad de compartir su vida con alguien en quien ya no confiaba.

Se decía a sí mismo que la soledad era un castigo… hasta que empezó a sentirse libre.

Bajo una luz tenue en una calle vacía, en un cruce de caminos casi olvidado, dos figuras improbables en el tiempo, conversaban mientras la niebla avanzaba lentamente.

Una, vestida de colores chillones, con una sonrisa que no prometía nada bueno.
La otra, serena, con la mirada firme de quien ha aprendido a dominarse a sí mismo.

—¿Sabes? —dijo el payaso, inclinando la cabeza—. Los humanos temen estar solos. Es cuando mejor saben… cuando más fácil es romperlos.

—La soledad… —susurró el payaso, con una sonrisa inquietante— es el mayor miedo humano. Hace que acepten cualquier compañía, incluso la equivocada.

El filósofo lo miró con serenidad. No se inmutó.

—Temen lo que no entienden —respondió con calma—. Confunden la soledad con abandono, cuando en realidad puede ser elección.

—No es la soledad lo que temen, sino enfrentarse a sí mismos —respondió—. Prefieren la duda compartida antes que la paz en solitario.

El payaso soltó una risa suave, casi infantil.

El filósofo lo miró con compasión. Sin desprecio.

El payaso inclinó la cabeza, curioso.

—¿Paz? Estar solo es frío… es vacío.

—¿Elección? Qué gracioso. Nadie elige estar solo. Se quedan solos porque no pueden retener a otros… o porque no son suficientes. O porque han sido infieles. O porque son mentirosos y manipuladores. 

—No —dijo el filósofo con calma—. Vacío es estar con alguien en quien no confías. Eso desgasta el alma, rompe la mente en silencios incómodos.

—Peor es retener a alguien en quien no se confía —dijo—. Eso no es compañía, es una forma lenta de esclavitud.

El payaso rió suavemente. Dando un paso más cerca. —Entonces, ¿recomiendas caminar solo?

—Pero el miedo… el miedo a estar solo… eso es delicioso. Hace que acepten cualquier cosa. Mentiras, traiciones, dinero… con tal de no enfrentarse a sí mismos.

—Entonces no temen a la soledad —replicó el filósofo—. Temen mirarse sin distracciones. Temen mirarse tal cual son.

Hubo un silencio breve.

El viento movió la niebla como si quisiera escuchar mejor.

—Dime —insistió el payaso—, ¿de verdad crees que es mejor caminar solo?

—Recomiendo caminar con verdad —replicó—. Y si la verdad no está en la compañía, entonces el camino en solitario es más digno.

El filósofo sonrió apenas. Y pensó en aquellos que dudan. Y en quienes hacen dudar.

—Es mejor caminar en paz que acompañado en duda constante. La confianza es el suelo de toda relación. Sin ella, cada paso es un abismo.

El payaso frunció el ceño, como si aquella idea le resultara… incómoda.

—Las personas se aferran —insistió el payaso—. Temen perder.

—Entonces… ¿la soledad no es debilidad?

—No —respondió—. Es una prueba. Y quien aprende a sostenerse a sí mismo, deja de ser manipulable.

El payaso retrocedió un poco.

Ya no sonreía tanto.

—Qué aburrido —murmuró—. Sin miedo… no hay juego.

El filósofo se dio vuelta y comenzó a caminar y dijo: —Pierden más quedándose —respondió el filósofo—. Pierden tranquilidad, autenticidad… y a sí mismos.

—Y sin verdad —dijo mientras se alejaba—, no hay vida digna de compartirse.

La niebla comenzaba a disiparse y la calle quedaba en silencio. Ambos sabían que era momento de separarse.

—Supongo que aquí termina el juego —dijo el payaso, con una sonrisa más tenue que antes.

—No todo es un juego —respondió el filósofo con suavidad—. Algunas conversaciones dejan huella.

El payaso bajó la mirada un instante.

—No esperaba… aprender algo hoy.

—Ni yo esperaba enseñarle a alguien como tú —replicó el filósofo, con una leve sonrisa—. Pero incluso en la oscuridad, puede aparecer claridad.

El payaso suspiró, como si por un momento dejara de ser amenaza.

—Quizá… los humanos no son tan débiles como pensaba —dijo el payaso, recordando a Los Perdedores: Bill Denbrough, Beverly Marsh, Ben Hanscom, Richie Tozier, Eddie Kaspbrak, Mike Hanlon y Stanley Uris… niños que, incluso con miedo, demostraron ser más fuertes de lo que aparentaban… —hizo una pausa, y su sonrisa se torció con burla—. Ah… pero ese es otro cuento.

—No lo son —dijo el filósofo—. Solo olvidan, a veces, que pueden elegir mejor.

Hubo un breve silencio, ya sin tensión.

—Adiós, Epicteto —dijo el payaso—. Intenta no aburrir demasiado al mundo.

—Adiós, Pennywise —respondió el filósofo—. Y tú… intenta no alimentarte solo del miedo.

El payaso esbozó una última sonrisa, distinta, casi humana. Casi afectiva.

—Lo intentaré.

Se dieron la espalda y caminaron en direcciones opuestas. 

Y el hombre que observaba desde lejos, entendió algo por primera vez en mucho tiempo: No estaba perdiendo compañía. Estaba recuperando su tranquilidad.

Y por un instante, la noche pareció menos oscura.

Osvaldinus
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