Si tienes tiempo para leer una plana, quisiera recomendarte una breve lectura que transcribí del libro de Primo Levi, “Así fue Aschwitz”.
Se trata de una breve correspondencia entre el autor y una niña, hija de un fascista aleman que se titula, “Carta a la hija de un fascista que pregunta por la verdad”.

Una lectora nos escribe:

Soy una estudiante de séptimo grado y como muchas de mis compañeras he ido a ver la exposición sobre los campos de concentración alemanes que cierra el domingo. A la salida estuvimos discutiendo. Había quien expresaba sus dudas, quien decía que la exposición era solo propaganda antialemana. Algunas afirmaban que había mucho de exageración y otras que todo era cierto.

Algunas de mis compañeras dicen que “si estas cosas hubieran ocurrido de verdad, en nuestros libros de historia se diría algo”. Dice otra: “Si esas fotos fueran verdaderas yo creo que podrían ampliarse y montar una exposición como la de la familia del hombre en el Palacio Madama”. Otras dicen que la última guerra no quieren que la estudiemos porque ocurrieron cosas demasiado terribles. Los profesores dan la razón a los que piensan así. Suspiran y dicen “por desgracia”, pero a mí me gustaría que alguien me contara algo más. Yo, hija de un fascista, me quedé muy asustada por lo que vi y le rogué a Dios que mi padre sea inocente de esa masacre.

Además, me gustaría decirles a quienes montan las exposiciones que las organicen con más espacio. Yo para poder verla (y no he podido observar bien muchos cuadros que estaban demasiado altos) tuve que ir tres veces nada menos. “La hija de un fascista que quisiera saber la verdad”.

Primo Levi, autor de “Si esto es un hombre”, un libro sobre los campos de exterminio traducido ya a todos los idiomas, nos escribe:

En nombre de la Asociación de Exdeportados, que han organizado la exposición sobre los campos de concentración alemanes, me gustaría dar las gracias a la lectora “quisiera saber la verdad” porque la carta publicada en la sección “Specchio dei tempi” (espejo de los tiempos) es la carta que esperábamos.

No, señorita, no hay manera de poner en duda la veracidad de esas imágenes. Esas cosas ocurrieron de verdad, y ocurrieron así: no hace siglos, no en países remotos, sino hace quince años y en el corazón de esta Europa nuestra. Quien lo dude, no tiene más que coger un tren y visitar lo que queda de esos tristes lugares. Y ni siquera hace falta: aquí, en nuestra ciudad, hay docenas de testigos oculares; fueron miles y miles (incluidas mujeres, incluidos niños: ¡niños!) los que acabaron confundidos en esos montones de huesos, y dan testimonio con su ausencia, con el vacío que han dejado.

Entendemos, aunque no podemos aprobar, a esos profesores que “suspiran y dicen ´por desgracia`”. Son hombres, como también lo somos nosotros, y como lo eran los autores materiales e intelectuales de las matanzas: no es extraño que muchos, incluso inocentes, se sientan avergonzados ante hechos como esos, y prefieran el silencio. Pero el silencio es un error, casi un crimen, en este caso el propio (inesperado) éxito de la exposición lo confirma. Hay hambre de la verdad, a pesar de todo: la verdad, por lo tanto, no ha de ocultarse. La vergüenza y el silencio de los inocentes puede enmascarar el silencio culpable de los responsables, posponer y eludir el juicio histórico.

“Espero yo también que el padre de la lectora sea inocente, y es muy probable que lo sea, puesto que en Italia las cosas ocurrieron de forma diferente. Pero la exposición no está dedicada a los padres, sino más bien a los hijos, y a los hijos de los hijos, con el fin de demostrar que clase de reservas de ferocidades yacen en el fondo del espíritu humano, y qué clase de peligros amenazan, hoy como ayer, a nuestra civilización”.

Primo Levi, 03 de diciembre de 1959

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