Recuerdo haber estado más de una hora en la intersección de la calle Marszałkowska con Świętokrzyska, en la ciudad de Varsovia, mirando alrededor y viendo su gente pasar.
 
Mientras observaba el lugar, serví de escudo humano por cinco segundos ante una curiosa discusión de dos transeúntes motorizados en scooter eléctricos, sin querer quedé en medio de dos trincheras hermanas entre dimes y diretes en glosalalias ofuscadas y llenas de ira. Situación más extraña no podía creer, tal cual llegó, se fue. A pesar de tan inesperado evento, continué. Tampoco podía servir de mucho, mi entendimiento del idioma polaco se reduce a unas pocas palabras, entre ellas, hola, chao, buen día, buenas tardes, buenas noches, si y no en sus distintas variantes… deme un kilo de pan, El Pianista, entre otras… Ah, y pierogi.
 
Mi intención era estar en aquella avenida a como dé lugar, no por nada alojé en Marszałkowska, en un departamento antiguo de preguerra, testigo y sobreviviente del fascismo nacionalsocialista y posteriormente comunista. Hasta el piso de madera gritaba lo ocurrido, lleno de historias y situaciones trágicas por la ocupación alemana y rusa.
 
Sé que la vida continúa —debe continuar—, pero ahí estaba yo, un aficionado de la Segunda Guerra Mundial, en el país donde todo inició, —detenido en el tiempo—, hablando con Dios, pensando en el pasado, y en las miles de vidas mermadas por la vil guerra; y en los sobrevivientes de la foto que te comparto, en el invierno de 1945, que regresaban esperanzados a una ciudad completamente destruída.
 
Me retiré de la intersección con la misma interrogante que mantengo hasta el día de hoy, y hasta que mi memoria lo olvide. ¿Qué habrá ocurrido con las personas de la foto? ¿Habrán sobrevivido a la nueva ocupación que la Providencia les daría? ¿Se habrán reencontrado con sus seres amados? —Si es que quedó alguno—. Solo Dios lo sabe. También Varsovia.
Osvaldinus
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