La mejor abuela del mundo – la promesa de los 75 años
A sus setenta y cinco años preparaba las mejores comidas que sus nietos pudieran imaginar.
El chocolate caliente humeaba cada invierno, espeso y dulce, servido en tazas antiguas con bordes dorados. En verano, las tortas de mil hojas crujían bajo el cuchillo, liberando capas perfectas de manjar. Desde pequeña, decía, esa había sido su favorita. Y ahora la compartía con ellos, como debía ser.
Los niños se chupaban los dedos entre risas. Pedían más. Siempre más. Trufas, pasteles, merengue en las mejillas. Los domingos eran sagrados. El mejor panorama familiar.
El abuelo bromeaba desde la cabecera de la mesa, observándola con una sonrisa ladeada, casi orgullosa, pero con desprecio en su interior. Desprecio que solo él conocía. También ella. De saberlo su familia, jamás la hubieran visitado. Ella lo miraba de reojo, satisfecha. Había cumplido su promesa. Él la miraba con desdén, conocía su secreto.
—Cuando tenga setenta y cinco años seré la mejor abuela del mundo, la que nunca tuve, se decía. —Cuando fue madre, decía lo mismo. —Seré la mejor madre del mundo y estaré presente en cada período de la vida de mis hijos, principalmente en la de mi hijo regalón.
Y pensaba en los nietos que tendría.
—Seré la abuela que hornea con amor y la que reúne a la familia después de cada culto religioso.
Podía oler el azúcar tostándose. Escuchar las cucharas golpear los platos. Sentir las pequeñas manos abrazándola por la cintura y un diminuto, te amo abuela. Nada de eso ocurrió.
Alguien apagó la luz. El olor dulce se volvió ácido. Metálico.
Las risas se transformaron en un eco hueco y fétido que rebotaba contra las paredes acolchadas.
La mesa desapareció y en su reemplazo apareció un añoso ataúd negro que ocupó toda la habitación y una figura grisácea en su interior, sin un rostro aparente.
Ya no había mantel bordado ni platos de porcelana. Solo una habitación hermética, blanca y fría. Demasiado blanca. Demasiado fría, como su alma. Las paredes recubiertas de goma devolvían un silencio espantoso, espeso, cargado de recuerdos y sentimientos inexistentes, interrumpido únicamente por el zumbido lejano de una luz fluorescente y decadente.
La mujer vestía de blanco. Su pelo largo y negro contrastaba la habitación y ocultaba no solo los surcos en su rostro sino también su edad. Su apariencia desaliñada combinaba con la única foto que tenía con su otrora familia y que guardaba con delicadeza en el baúl de la abuela, según creía.
No estaba sentada a la mesa. Estaba sujeta a una camilla angosta, su cuerpo hundido en una postura que parecía permanente. La camisa de fuerza sujetaba sus brazos cruzados con una firmeza profesional. Las correas mantenían sus tobillos inmóviles.
—Hoy también vinieron —susurró ella, con una sonrisa tenue—. Comieron todo. Les encanta mi torta.
Los profesionales intercambiaron miradas entrenadas. Asintieron con suavidad. Siempre asentían.
Sabían que contradecirla era peligroso. Habían leído los informes. Conocían los antecedentes. La violencia no era un rumor; estaba escrita en expedientes gruesos, archivados bajo llave. Era una mujer lúgubre, con una mirada siniestra y enfermiza, que solo apuntaba a su esencia llena de maldad con delirios de grandeza y una mitomanía que era peor que su propia existencia.
—El abuelo hizo su broma de siempre —continuó ella, mirando un punto fijo en el techo—. Dijo que los niños iban a explotar de tanto comer.
La mujer cerró los ojos y recordó la promesa que le hizo a su esposo, “cuando tenga 75 años prepararé los mejores pasteles y dulces para mis nietos”. Su mente retrocedió al pasado y permaneció inmóvil, clavada en el techo por varios minutos, buscando desesperadamente el nombre de su especialidad. Cuando al fin lo recordó, el llanto la sacudió con violencia. “¡Los pasteles L’e Güitriè!”, gritó, golpeando la puerta.
Una enfermera ajustó discretamente la dosis en la vía intravenosa, y el leve tirón del químico despertó en ella otro recuerdo: la hilera ordenada de frascos psiquiátricos que reposaban en la cocina de la casa de la playa, en el Condominio Ilimay, alineados junto al hervidor de agua negro, como si nada, a la vista de sus pequeños hijos.
Y por un instante volvió a ver la cocina. Pero ahora el chocolate no humeaba. Hervía, como su cabeza. Los fuertes medicamentos que tomaba a las dos de la madrugada mientras explotaba su cabeza no la ayudaban en nada, —nunca lo hicieron—, todo lo contrario, la hacía hundirse cada vez más en su propio infierno. Los gritos nocturnos le recordaban cuando torturaba con escándalos las vidas de sus pequeños hijos. Hijos que ya no existen, la abandonaron hace años.
Volvió a cerrar los ojos. El recuerdo de su propia maldad la invadió. Los cortes en sus muñecas evidenciaban los años que disfrutó escondiéndose bajo la etiqueta de una enfermedad mental. No lo soportaba. La memoria de la pérdida de sus hijos la atormentaba. Los intentos de suicidios comunicados a su padre pendían entre la culpa y la locura.
El recuerdo de la promesa volvió a su mente, también los niños, pero acompañados de siniestras sombras que reían, se burlaban y la amedrentaban por lo ocurrido. Las risas no eran risas. Eran gritos superpuestos. Pegajosos. La crema no estaba en los rostros de los niños, sino en el suelo. Mezclada con algo más oscuro. Más espeso. Más infernal.
No quiso mirar. Nunca quería mirar esa parte. Era el reflejo de su propio rostro, la expansión de su alma atormentada y podrida.
—Seré la mejor abuela del mundo. Lo prometo. —Insistió.
Pero jamás ocurrió. Sabía que al momento de perder a sus hijos, perdería también la oportunidad de existir para sus nietos. Y así fue.
No habría chocolates calientes, ni domingos en familia. Ni tortas compartidas. Ni risas de niños.
La mujer abrió los ojos nuevamente en la habitación acolchada. Volvió en sí por un breve momento. Gritó.
—El próximo domingo prepararé algo nuevo —murmuró con ilusión infantil—. A los niños les gusta probar cosas distintas.
Uno de los enfermeros anotó: Persisten delirios estructurados de vida familiar inexistente.
Ella lloró y por un par de segundos recordó el daño que le provocó a su familia. Su locura se desbordó.
Y en algún lugar de su mente, un pequeño niño de cinco años de rostro tierno y redondo y de cabello castaño se le acerca, entregándole una carta que dice: “las mentiras tienen consecuencias”. Y volvió por más, siempre más.
- 21 de octubre Volver al Futuro II - 21 de octubre de 2026
- El año del pensamiento mágico de Joan Didion - 20 de octubre de 2026
- Un monstruo viene a verme de Patrick Ness - 19 de octubre de 2026