Cada tarde, Alejandro se sienta en la misma banca del parque, justo frente al columpio donde alguna vez empujó a su hija hasta hacerla reír a carcajadas. Lleva siempre un pequeño dibujo en el bolsillo: una casa, dos figuras tomadas de la mano y un sol enorme arriba. Lo hizo ella. 

No puede verla. No sabe exactamente por qué. Solo sabe que, de un día para otro, las visitas se detuvieron y las respuestas se volvieron silencio. Ha intentado entender, reconstruir cada palabra, cada gesto, buscando en su memoria alguna razón que explique la distancia. Pero no la encuentra. Ella no le habla.

Aun así, no deja de ir. A veces deja una carta bajo el árbol cercano, otras veces solo espera. No con enojo, sino con paciencia. Porque hay amores que no se rinden, incluso cuando duelen.

Una tarde, mientras el viento mueve las hojas, ve algo distinto: un pequeño papel doblado sobre la banca. Sus manos tiemblan al abrirlo.

“Papá, te amo mucho, todavía no estoy lista… pero te extraño.”

Alejandro cierra los ojos y sonríe, con lágrimas contenidas.

No era un adiós. Era un todavía no.

Y eso, para él, era suficiente.

Osvaldinus
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