Claudia apagó las luces con una sonrisa tranquila. Plena. No necesitaba grandes fiestas. Frente a ella estaban sus dos hijos, tomados de sus manos, y esa persona que nunca se fue, ni siquiera en sus peores días. Recordó noches de llanto, silencios incómodos y abrazos que la sostuvieron cuando todo parecía romperse. Hoy, en su cumpleaños no había lujos, pero sí gente amada. Rieron, compartieron una torta sencilla y miradas llenas de historia. Al soplar las velas, Claudia no pidió nada: ya lo tenía todo. No faltaba nadie. Porque celebrar no siempre es sumar gente, al contrario, es saber que los que están lejos continuarán así. Tampoco tuvo lujos, nunca los necesitó. Estaba feliz de reconocer a quienes se quedaron cuando el resto le dio la espalda. Cuando la traición tocó nuevamente a su puerta. Como años atrás.

Osvaldinus
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