De pequeña mis padres me inculcaron la importancia de compartir mis cosas.

A la edad de cinco años tuve mi primera muñeca, recuerdo muy bien cómo mis amigas hacían fila para jugar con ella. Nunca más la volví a ver. Tampoco a mis amigas, pero a pesar de aquello, me hacía muy feliz que tuvieran las mismas oportunidades que yo.

A medida que fui creciendo hice nuevas amistades; mis intereses se fueron adaptando a mis nuevos gustos y necesidades, cada vez que podía, continuaba compartiendo mis cosas aunque después no las volviera a ver. Lo que ocurría con frecuencia.

Al comenzar mi carrera y hasta finalizar mis estudios compartí tiempo que no tenía con aquellas que necesitaban mi ayuda. A pesar de mi evidente cansancio, brindarles una mano me hacía sentir realizada. Nunca recibí una palabra de agradecimiento. No me importó.

Siempre he sido una mujer muy interesada por las necesidades del prójimo y me esfuerzo para que tengan lo mismo que yo.

A los cuatro años luego de finalizada mi carrera contraje matrimonio con el amor de mi vida con quien tuvimos una hija hasta que un descuido, una terrible tragedia nos la arrebató de nuestro lado a los dos años de nacida. También perdí a mi esposo. Se fue con mi mejor amiga.

Siempre me he considerado una persona empática, es por eso que no le avisé a ella mientras su pequeña hija se ahogaba en la piscina del condominio.

Osvaldinus
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