Llevaban días sin dinero en sus bolsillos. La leche para su pequeña hija se había acabado hacía solo un par de horas.

—La semana entrante es fin de mes y recibiré mi sueldo que ya he gastado. —Le dijo con dolor a su mujer—.

Mientras ambos movían las sillas y preparaban las cuerdas, su esposa lo abrazó tiernamente entretanto le preguntaba si quería decir algo antes.

—Si. —Respondió él. Afortunadamente estaban a buen precio —comentó con nostalgia e ironía—.

Ambos rieron. —Resignados.

Su pequeña hija con una diminuta cuerda en sus manos los miraba con ojos de amor y ternura.

Luego contaron hasta tres y saltaron. Era su manera de enfrentar sus problemas, saltando la cuerda y riendo como niños.

Osvaldinus
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