Los cuentos narran historias breves, no porque en su línea de tiempo lo sean, sino por la brevedad de su prosa y el poco tiempo que lleva leerlos. Hay historias tenebrosas y maquiavélicas, como el Horla de Maupassant, otras, como La Lotería de Shirley Jackson, macabra, terrorífica y despiadada, que deja en ascuas e incertidumbre el ocaso de un pueblo, sumido en un descontrol y una espiritualidad diabólica. Incluso, Una serie de eventos desafortunados, de Daniel Handler o Lemony Snicket, podría tener más de una relación con nuestras propias vidas, o solo el título.

Para que hablar de E.T.A. Hoffmann y su cuento El hombre de arena, lúgubre, blasfemo, ignominioso, pero no por dichas características menos impactante y realista. También los hay reflexivos, como el filosófico y hermoso cuento de Antón Chéjov, Luces, y la Tortuga de Horacio Quiroga, donde la esperanza puede brindar nuevas oportunidades y así, muchos otros cuentos como La gallina degollada y El almohadón de plumas del autor anterior que, por ningún motivo te recomiendo leer antes de dormir o Gato negro del maravilloso Poe. O niño malo, de Stephen King, o la Niebla. ¡Qué terrible final el de la película! ¿No?

Pero ¿qué ocurre con nuestras propias historias? Esas que nos afectan día a día y que se repiten de tiempo en tiempo, historias quizá, no tan extremas como El Bebé de Rosemary, de Ira Levin, pero sí, como El cuaderno Noah o diario de una pasión de Nicholas Sparks o, El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, cuyo protagonista, un niño con asperger, nos toca el alma y conmueve porque es parte de nuestra realidad incomprendida, y la de muchos padres y madres que luchan con toda su alma por amor a sus hijos.

En fin, vivimos llenos de historias, unas buenas y otras no tanto, historias tediosas, de juicios, críticas e incredulidad, pero también de elogios, esperanzas y conocimiento, cuentos personales acordes a nuestros tiempos, a nuestra ruta de vida, tiempos inciertos, de quiebres y renovación, y que, a pesar de esto, sobrevivimos. Y tú, ¿cómo reaccionas antes tus propias historias? En mi caso, con asombro y deshabituación. Aprehendiendo. Luchando.

Osvaldinus
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