Otra taza de café
Alfonso llevaba años acampando solo. No lo hacía por tristeza ni por falta de amigos; simplemente prefería el silencio del bosque al ruido de las conversaciones vacías. De la gente que escogía sin importarle vivir una vida llena de mentiras.
Cada invierno elegía un lugar distinto, lejos de caminos y turistas. Encendía su radio en la misma frecuencia. Armaba su carpa al atardecer, preparaba café en una vieja tetera metálica y escuchaba el viento golpeando los árboles.
Aquella noche, el bosque parecía más quieto de lo normal. Aunque sabía que en aquel extenso terreno sucedían cosas extrañas que la razón no podía explicar. A él no le importaba.
Mientras alimentaba la fogata, escuchó un silbido breve entre los pinos. Pensó que era el viento, hasta que lo volvió a oír, idéntico, más cerca. Alfonso tomó su linterna y avanzó algunos pasos. No encontró a nadie. Solo un pequeño farol oxidado colgando de una rama. Lo extraño fue descubrir que estaba encendido.
Al regresar a la carpa, encontró otra taza de café junto al fuego. Aún salía vapor de ella. Entonces comprendió algo inquietante: nunca había estado completamente solo.
Al amanecer, los pasos alrededor de la carpa anunciaban la visita de nuevos turistas. Alfonso abrió lentamente el cierre y observó varias huellas húmedas marcando la tierra. Entre ellas, distinguió unas botas que conocía demasiado bien.
No puede ser. —Pensó—.
Siguió el rastro entre los árboles hasta llegar al viejo farol oxidado. Allí, colgando de la misma rama, encontró una bufanda roja desgastada por el tiempo. La reconoció de inmediato. Se la había regalado a Elisa durante un viaje de juventud, en el sur de Chile. La última vez que acamparon juntos antes de separarse sin despedidas.
El viento volvió a silbar, pero esta vez un escalofrío recorrió su cuerpo. Se inquietó.
Un rayo de luz sobrevoló el lugar, desapareciendo a la distancia. Era una estrella fugaz rozando la atmosfera.
Entonces la vio a lo lejos, de espaldas, inmóvil entre la neblina. La luna se encontraba brillante. Los latidos del corazón aumentaron. El mismo cabello largo y claro, la misma postura tranquila con su silueta delicada. Su rostro resplandeciente. Alfonso quiso llamarla, pero la figura comenzó a alejarse lentamente entre los pinos.
—El habla no le salió. Se esforzó, pero fue imposible. Parecía una pesadilla—.
Corrió tras ella durante varios minutos hasta llegar al borde de un pequeño lago. No había nadie. Solo una vieja fotografía flotando sobre el agua. En ella aparecían ambos, sonriendo frente a una fogata.
En la esquina inferior alguien había escrito: “Te encontré antes de que aprendieras a olvidarme.” Y, al reverso, una dirección y un par de zapatitos de niño.
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