Kakkukis le decía cuando chico, era un niño de mi barrio que vivía pasado a kakkukis.
En el presente y a la edad que tengo, entiendo que no era él el responsable de sus carencias sino la precariedad de su entorno familiar.

Hubo un tiempo que compartimos mucho el uno con el otro, a pesar de lo evidente de su apariencia y la abundancia de moscas que traía puesta; cómo niño, yo no tenía problemas en compartir mi amistad con él, él tampoco conmigo. Cuando el olor era insoportable usaba un perro de ropa en la nariz, pero los juegos de niños continuaban y no solo eso, sino también las carcajadas que provocaba en Kakkukis mi improvisado adorno de madera con alambres oxidados y por la chistosa voz que emitía. Nunca lo hice con mala intención ni para que se sintiera mal, él nunca lo sintió así. Eran los días donde la amistad le hacía honor a su nombre.
Chipi era otro amigo del barrio, pero a diferencia de Kakkukis, no estaba pasado a kakkukis sino a chipi, y a diferencia de Kakkukis y de mí, Chipi no tenía donde vivir. Los puentes eran su cobijo durante los calurosos días de verano; y el Hogar de Niños, su refugio en las frías noches de invierno.
Yo no sabía lo que significaban los prejuicios, el rechazo y cada cosa que hoy se aprecia con tanta fuerza y hostilidad en niños y adultos, pero Kakkukis y Chipi eran mis mejores amigos y éramos inseparables, ellos con mayor razón, uno andaba pasado a kakkukis y el otro pasado a chipi. Sus risas y amistad no los cambiaría por nada en el mundo, ni por los mejores perfumes de niños afortunados.
A los meses después llegó a nuestro barrio una niña de nombre Agua Clara, la Clarita, como le decíamos con tanto cariño. Para Kakkukis y Chipi fue bastante extraño, tuvieron temor y alegría a la vez, se sintieron cautivados por la claridad y frescura de la niña, pero con cierto desasosiego por lo que les podría provocar. Cada palabra que hablaba era para ellos un refrigerio; una gota de amor y afecto para sus vidas. Se sentían limpios con solo mirarla. Ellos anhelaban que Agua Clara pasara por su lado. Sabían que sus vidas podrían cambiar. A pesar de tanta kakukis y chipi que expelían, la niña jamás le desvió la mirada o evitó estar junto a ellos. Y así fue. Kakukkis y Chipi ya no fueron los mismos que antes, nunca más Kakkukis andubo pasado a kakkukis, ni Chipi pasado a chipi; tampoco yo volví a usar un perro de ropa en la naríz, aunque, a Kakkukis y a Chipi los sigo recordando al despertar.
Osvaldinus
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