El tic-tac del reloj de pared medía el paso de los segundos en su habitación, donde el aire se sentía demasiado denso. Era sábado, y el silencio en el departamento contrastaba de manera cruel con el pulso festivo que latía más allá de las murallas, en las calles de la ciudad.

Había pasado horas frente al espejo eligiendo la ropa adecuada, convencida de que esta vez los mensajes en el chat grupal eran sinceros y que la reunión en su departamento marcaría el reencuentro. Sin embargo, tras sesenta minutos de mirar la pantalla vacía y ver cómo las horas transcurrían entre el aislamiento y llamadas ignoradas, comprendió la cruda realidad: nadie iba a llegar.

Por un instante, creyó escuchar pasos firmes y risas en el pasillo, acompañados por el toque del timbre en su puerta; imaginó voces alegres diciendo: «¡Llegamos, perdona la demora!». Sin embargo, al levantarse y abrir, el pasillo seguía vacío y el eco de la ilusión se apagaba en la nada.

Dejó caer un hilo oscuro de vino en la copa que aguardaba sobre la mesa, aunque sabía bien que nadie vendría a compartir el brindis. Las horas del reloj avanzaban lentas, midiendo el peso de un silencio espeso que llenaba cada rincón del departamento. Era consciente que nadie quería estar con ella, que su compañía se había transformado en una carga invisible y que la gente prefería alejarse porque hacía tiempo que sus amistades desconfiaban de su presencia. 

Recordó las tardes de sobremesa y juegos de naipe que se alargaban sin prisa, las risas en compañía que llenaban cada rincón de su hogar y aquellas largas conversaciones donde el tiempo parecía detenerse. Sin embargo, ahora la soledad no se presentaba como una enemiga violenta, sino como una presencia callada y familiar que se sentaba a su lado para estrecharle la mano con firmeza, asfixiándola sin exigir explicaciones, sabiendo que el encuentro definitivo era solo cuestión de tiempo.

Miró su reflejo en el espejo. Lo que le devolvió la mirada no fueron sus propios ojos, sino aquello que siempre había temido de sí misma: una silueta amorfa, de carne traslúcida y esquelética, cuyas cuencas huecas sonrieron con una hilera de dientes desmesurados. Desde adentro, la piel se estiró en un susurro ceniciento que le prometió que, a partir de esa medianoche, jamás volvería a estar sola. Se había convertido en aquello que tanto odiaba.

Osvaldinus
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