El aroma a café y papel viejo marcaba el inicio de su ritual. Eran cinco: Elena, escapando de un trabajo gris; Alvaro, lidiando con su soledad; Carmen, buscando respuestas tras la muerte de su esposo; Christopher, quien necesitaba compañía; y Andrés. Él solo necesitaba estar presente.

Se reunían cada martes en la penumbra de una vieja librería de Santiago centro. Ataviada con vajillas de antaño, era su mejor compañía para viajar a otras épocas. Afuera, la ciudad rugía con furia. Adentro, todo era cálido.

Esa tarde leían El abuelo que saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson. Cuando Elena comenzó a leer en voz alta, las pesadas paredes parecieron disolverse. La absurda historia de Allan Karlsson y su aventura hilarante reemplazaron el asfixiante ruido de su mente. Las carcajadas comenzaron a brotar, rompiendo la tensión acumulada de la semana, y el maravilloso caos del libro se convirtió en un inesperado faro que iluminaba su oscuro presente. 

La mesa estalló en risas mientras leían la descabellada historia de un hombre de cien años escapando por la ventana de un hogar de ancianos. Alvaro se llevó la mano al pecho, fingiendo un ataque al corazón de tanto reír, pero sus ojos brillaban con una calidez que hacía meses no sentía.

Carmen suspiró, acariciando la colorida portada del libro. La sombra de su pérdida aún habitaba en ella, pero de pronto se sentía más dócil, menos angustiada.

—Saben… yo venía hoy al grupo buscando alguna gran respuesta trascendental y filosófica sobre el sentido del universo y de la vida, o escuchar a Alvaro hablar de su estoicismo cotidiano, y termino llorando de la risa con un viejo que cuenta sus locuras y que tiene más historias que todos nosotros juntos. ¡Qué estafa!

Christopher cerró de golpe el libro, soltando una carcajada que hizo temblar las tazas de café. Elena le dio un pequeño golpe en el hombro; ambos rieron por un largo rato.

—A veces, la mejor respuesta a todo este caos es simplemente reírse hasta que duela la guata —dijo Andrés—. Y sinceramente, no hay nadie más en el mundo con quien prefiera compartir este maravilloso desastre que con ustedes.

En ese pequeño círculo descubrieron que no necesitaban largos sermones ni trotamundos como Allan Karlsson para transformar sus vidas. Cada página era un refugio, revelando la certeza de que el humor compartido es el mejor salvavidas.

Alvaro levantó su taza, proponiendo un brindis improvisado bajo la tenue luz de la librería. Brindó por ellos, por el refugio que habían construido, similar a un bunker antiruido y por la alegre certeza de que La Conjura de los necios, una hilarante historia de John Kennedy Toole, ya venía en camino para desatar nuevas carcajadas la próxima semana.

Las cinco tazas chocaron con un sonido torpe y alegre. Al llevarlas a los labios, esperando el amargor de siempre, una dulce y cálida sorpresa los hizo intercambiar miradas cómplices: era un espeso chocolate caliente. Ese pequeño e inesperado consuelo terminó de sellar un pacto invisible y mágico que espantaba, al menos por esa tarde, cualquier rastro de oscuridad.

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